12.03.2008

El ser como principio y fin.-

Recurrente precipicio es el camina el ser, siente a cada paso el devenir de su especie. Es entonces cuando en medio del todo descubre lo efímero de lo que cree propio. Toma conciencia de la nada y advierte la imperiosa necesidad de vaciar su templo, de someterse al silencio. El éxtasis pasa, las tormentas acaban y la calma también...
Llegará el momento de sorprender al ángel y comprender que aún no somos siquiera aves. Nuestras alas están vedadas, aún la densidad de la materia nos proscribe a las cadenas. Y la decencia, aquella patria denominada moral, es la decadencia arbitraria de un juez sin paz. La limitación que proviene de lo circunscrito de la mente nos declara soberanos de una tierra sin alma. El gris, la nube como representación de tormenta, emula una psiquis ávida de equilibrio con la urgencia de crecer. Ergo, sujeta una balanza que niega al cuerpo y al espíritu haciendo de todo lo relativo a esto una mediocridad indecente, vergonzosa. El gris que debería servir domina las gamas intentándolas igualar, apagar. ¿Acaso la luminosidad atormenta? ¿La veracidad de su poder en que instante de sed reside? Un falso templo, una histórica lujuria que va hilando la desgracia de toda la humanidad. Utilizamos nuestra imagen y semejanza en post de arquitectónicos y agudos egos. La personalidad avanza en la piel y la urgencia elemental se posterga por la necesidad del afuera. Esquemas, modelos, estereotipos, argumentos subjetivos de la percepción de nuestro ahora. La mediocridad coronada en el hoy, pero no entendida como consecuencia de un mañana superior. La mediocridad entendida como chata, como un inconformismo adolescente enfatizando un anhelo y esa fantasía idílica destrozando la realidad concreta, bastardeándola. Si al final esa realidad reside en la neurosis de la decepción, en la NECESIDAD de la decepción. Este es el fin: no alcanzar jamás la felicidad para poderse lamentar.
Desapegarse de la creencia de lo que somos, destruir ese espejismo que no nos refleja, para simplemente SER. Fluir en el flujo de espontaneidad que nos invita a disfrutar de lo que sencillamente ES, sin desglosar la sombra de lo que debería haber sido. Es decir, desapegarse y ser.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre yan describiendo un realidad, no tengo mas que aplauso, por esos textos que nos hace pensar e nuestras realidad, y no tengo mas que decirte que grossaa.
Dan

Pablo Terrible dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marcelo Daniel dijo...

Desde el fondo del pantano, capeando tormentas y con el lodo hasta el cuello, digo: (y no me importa que suene naif) sólo el Amor nos salvará...y el Arte, si es que ambas cosas no son la misma.

Un beso.